martes, 24 de noviembre de 2009

El conejo 401


Máscaras, mascaradas, miradas al interior; la confrontación entre realidades generalmente implica daños difíciles de evitar, pues a cada paso por la existencia se deben sortear situaciones sórdidas que aún para el más experimentado, obligan a un desenmascaramiento.

Es esa la imposibilidad del ser humano contemporáneo, hacer una revisión a fondo de las pulsiones que gobiernan su entidad, su personalidad; las máscaras que dominan su semblante. Por eso es común que cuando llega el momento de verse a un espejo, el reflejo sea un perfecto desconocido: el metal herrumbroso mimetizándose con la piel escamada, plagada de las llagas de una historia sin sentido aparente, mutilaciones de un doloroso proceso quirúrgico que debe cursarse para descubrir el rostro oculto tras ese espejo.

¿Es la crisis una oportunidad de encontrarse consigo mismo? La respuesta encerrada en los 400 conejos que son las máscaras, los estados de ánimo aparentes, las pasiones del ser humano, encerrado en la máscara 401: la duda. Samuel: enfermo de su cultura huye de sí para encontrarse en una guerra contra el reflejo, contra el niño conejo que significará el retomar el rumbo de su vida. “Cada persona debe encontrar su pasión, el motor que lo mueve en la vida para poder tener un rostro y un corazón” Encontrar al conejo que hay detrás de los 401 conejos, la implicación de enfrentarlo pero no luchar contra él. El fin será que cada ser humano encuentre su unidad en sí para estar en ese constante flujo con el universo, para estar bien con los otros conejos que reflejan lo que fuimos, somos y seremos en un devenir que sólo empieza cuando mostramos el rostro.

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